ser humano y ecosistemas de la tierra

El ser humano y los ecosistemas de la Tierra

Los seres humanos tenemos la capacidad de alterar los ecosistemas causando impactos persistentes a largo plazo, que pueden llevar a la destrucción de hábitats y la desaparición de especies. La alteración del medio natural es tan grande que a menudo perdemos la perspectiva de lo que es o no un hábitat natural, puesto que los cambios que producimos en la naturaleza se han producido durante siglos. Pero, ¿cuándo comenzamos los seres humanos a alterar la naturaleza a un ritmo perceptible? ¿Fue durante la Revolución Industrial, o acaso antes? En este artículo lo explicaremos.

Alteraciones debidas a la caza

Los seres humanos fuimos cazadores antes que agricultores. Es evidente que a medida que crecía el número de seres humanos su impacto fue mayor sobre las especies de grandes mamíferos que habitaban los diferentes continentes. La expansión de nuestra especie por los diferentes continentes coincidió con la extinción de megafauna en el Cuaternario, lo cual ha llevado a algunos investigadores a creer que fuimos la causa directa de la extinción de especies como el tigre dientes de sable o el mamut.

Imagen 1. Los mamuts se extinguieron hace 4.000 años, tras el fin de la última glaciación y habiendo convivido con los primeros seres humanos. No está claro el papel que jugó el ser humano en su desaparición, pero fue sin duda uno de los factores implicados.

Sin embargo, este fenómeno coincidió también con la finalización de la última glaciación, lo cual sin duda alteró los ecosistemas naturales y causó un impacto en la fauna. Es imposible saber con certeza si los mamuts seguirían vivos de no ser por la aparición de los seres humanos, pero lo que es seguro es que nuestros antepasados jugaron un papel, en mayor o menor medida, en el declive de la especie hasta su desaparición.

Estas no fueron las únicas especies que desaparecieron en el albor de las sociedades primitivas. En Sudamérica se extinguieron los perezosos y armadillos gigantes, en Nueva Zelanda las moas (aves gigantes no voladoras desaparecidas hace apenas 500 años) y en diversas islas del Pacífico la llegada de los primeros seres humanos coincidió con el declive de las especies que allí habitaban. 

El impacto de la agricultura

Un artículo recientemente publicado en la revista científica PNAS detalla los cambios en los ecosistemas terrestres que los seres humanos hemos causado en los últimos 12.000 años, coincidiendo con la aparición de la agricultura. En aquella época los seres humanos estábamos presentes en tres cuartas partes de las tierras emergidas, y empezamos a alterar los ecosistemas naturales para crear nuevas tierras de cultivo.

Los principales cambios que describe el artículo son la disminución constante de los biomas forestales, especialmente pronunciada en los últimos tres siglos, la aparición de tierras de cultivo y zonas urbanas (que en conjunto ocupan un 20% de la superficie terrestre) y la aparición de pastizales o praderas, biomas dominados por la vegetación de tipo arbustiva.

Imagen 2. Las Grandes Praderas de Norteamérica son mantenidas debido a la presencia de animales herbívoros, como los bisontes, pero también han jugado un papel importante los incendios provocados por los seres humanos, que permitían aumentar la cantidad de animales que podían cazar. Los caballos no llegaron a Norteamérica hasta mucho tiempo después, en el siglo XV.

Las praderas ocupan aproximadamente un 30-40% de la superficie terrestre, y tienen la peculiaridad de que pueden ser tanto biomas naturales como creados por el hombre. Estos biomas pueden existir de forma natural en zonas con bajas precipitaciones que sufren incendios de forma periódica debido a tormentas eléctricas. Por otra parte, los incendios también pueden ser provocados por el hombre, por ejemplo para mantener territorios de caza de grandes mamíferos en Norteamérica.

Así, los nativos americanos usaban el fuego de forma periódica para mantener el pasto y evitar que se asentaran especies arbóreas no adaptadas al fuego. Esto sin duda creó un hábitat distinto al original, pero con el paso del tiempo la naturaleza se ha adaptado a las nuevas condiciones. En esta nueva situación, la ausencia de incendios provocados está amenazando la existencia de grandes extensiones de praderas en Norteamérica. No sería correcto decir que esto es un impacto, pero sí supone una alteración en los ecosistemas predominantes en los últimos siglos.

Otro impacto adicional que sufrieron los bosques, además de ser transformados en terrenos para la agricultura o el pastoreo, fue la tala para el aprovechamiento de su madera. Este efecto se hizo particularmente notable en Europa durante la Edad media. La extensión de los bosques europeos era entonces mayor a la actual (a pesar de que Europa es a día de hoy el continente con mayor superficie forestal), pero los árboles fueron talados para construir casas, barcos o para ser usada la leña en calefacción o como combustible en hornos metalúrgicos.

Contaminación debida al desarrollo tecnológico

El uso de metales originalmente consistía en aprovechar las menas que aparecían de forma nativa, como cobre, oro o plata. Las primeras evidencias de metalurgia corresponden a fundición de cobre y datan del año 5.500 a.C. en las proximidades de Serbia. El bronce comenzó a producirse aproximadamente en el 3.000 a.C. y la metalurgia del hierro data del 2.500 a.C.

Imagen 3. Los seres humanos llevan practicando la metalurgia al menos siete milenios. Esta actividad puede contaminar de forma permanente cursos de agua y lagos. Las evidencias del desarrollo de la metalurgia por parte de los romanos se pueden encontrar en el hielo de Groenlandia o el Ártico.

Las actividades mineras de civilizaciones antiguas provocaron cierto grado de contaminación ambiental, particularmente en el Imperio Romano y China. La minería de plomo o la de cobre, y el refinamiento posterior de estos metales, causaron los mayores impactos. Durante la dinastía Tang, entre los siglos VII y X, se talaron los bosques de las montañas Taihang, en China, así como todos los bosques en un radio de 250 Km alrededor de la capital, Loyang, para quemar la madera en hornos de fundición.

 La galena es un mineral que contiene principalmente plomo, pero también arsénico, antimonio y plata. La extracción y refinado de este mineral comenzaron a hacerse para obtener planta, en el 2.700 a.C., pero posteriormente se comenzó a usar el plomo. En la época de esplendor del Imperio Romano se refinaban 80.000 toneladas de plomo cada año. 

En el siglo V la cantidad de plomo en la atmósfera aumentó en varias veces su valor normal, habiéndose encontrado pruebas de ello en el hielo de Groenlandia. Los niveles de plomo atmosféricos decayeron tras la caída del Imperio Romano, y no volvieron a alcanzar niveles igualmente elevados hasta la Revolución Industrial.

En cuanto a la producción de cobre refinado en tiempos de los romanos, se alcanzó una producción de 15.000 toneladas al año. El refinamiento de este metal emitía partículas calientes en forma de aerosoles que podían viajar grandes distancias, habiéndose encontrado residuos en el hielo del Ártico que datan de hace 2.500 años. El cobre es tóxico para los seres vivos y en concentraciones altas puede contaminar tanto los ecosistemas terrestres como los acuáticos.

La metalurgia también fue desarrollada en Sudamérica, iniciándose en el 2.500 a.C. con la fundición de metales no ferrosos. Las evidencias de esto son tanto arqueológicas como ambientales, pues se han encontrado evidencias de contaminación debido a la fundición de metales en los sedimentos de varios lagos del continente. Destaca particularmente la extracción y refinamiento de plata en la región de Potosí, en Bolivia, la que en su día fue la mayor mina de este metal en el mundo.

Parece, entonces, que la especie humana ha sido capaz a lo largo de la historia de realizar grandes modificaciones en las condiciones preexistentes, y su capacidad se ha ido incrementando desde la Revolución Industrial.

Fuentes

  1. Prescott et al. (2012). Quantitative global analysis of the role of climate and people in explaining late Quaternary megafaunal extinctions. Proceedings of the National Academy of Sciences. 109 (12): 4527-4531. doi:10.1073/pnas.1113875109. 
  2. Ellis et al. (2020). People have shaped most of terrestrial nature for at least 12,000 years. Proceedings of the National Academy of Sciences. 118 (17). doi: 10.1073/pnas.2023483118
  3. Roos et al. (2018). Indigenous impacts on North American Great Plains fire regimes of the past millennium. Proceedings of the National Academy of Sciences 115 (32) 8143-8148. doi: 10.1073/pnas.1805259115
  4. Cooke et al. (2008). Metallurgy in Southern South America. In book: Encyclopaedia of the History of Science, Technology, and Medicine in Non-Western Cultures. Doi: 10.1007/978-1-4020-4425-0_9628
  5. Makra (2019). Chapter 18 – Anthropogenic Air Pollution in Ancient Times. In P. Wexler (Ed.), Toxicology in Antiquity (Second Edition) (pp. 267-287): Academic Press.

Rubén Portela
Biólogo, doctorado en ecología por la Universidad de A Coruña. Apasionado por la ciencia y enamorado desde la infancia de la naturaleza y los animales, especialmente la biología marina y los insectos.